Crónicas de Pannithor, parte 1: los Dioses Antiguos y el nacimiento de los pueblos nobles
Antes de los Celestiales, de la Guerra de los Dioses y del Abismo, el mundo lo gobernaban siete Dioses Antiguos. Cómo nació Pannithor, de dónde salieron elfos, humanos y enanos, y cómo una raza demasiado curiosa metió a todos en un lío que aún dura.
Cada ejército de Kings of War viene de alguna parte. Los enanos odian a los orcos por un motivo de mucho peso, Basilea reza a unos seres muy concretos y el Abismo no apareció en el mapa por casualidad. Detrás de todo eso está la historia del mundo: larga, sangrienta y, a ratos, completamente disparatada. En las «Crónicas de Pannithor» la contaremos por orden, desde el principio hasta las guerras que se libran hoy.
Empezamos por una época de la que ni siquiera los elfos saben gran cosa.
Primera parte: el mundo antes de los pueblos
El mapa que lo recuerda todo
En Therennia Adar, la capital de los elfos, hay al parecer una sala a la que solo entran los iniciados. Sobre una gran mesa descansa allí la piel de Y'Roon Thunderfoot, el antiquísimo rey de los mamuts, y por encima de ella se desliza sin descanso una pluma mojada en sangre de hidra. Dibuja el mapa del mundo entero y lo corrige cada vez que cae un reino o se mueve una frontera. Dicen que basta con pedírselo para que muestre el mundo tal como era en cualquier momento de la historia.
Si le pidiéramos el principio de todo, veríamos un mundo sin elfos, sin enanos y sin humanos. Solo tierras, mares y cielo, y los siete dioses que lo habían modelado todo.
Un mundo de muchos nombres
Antes de hablar de los dioses, unas palabras sobre el nombre. Los humanos de antaño llamaban a su mundo Mirramoth o Minaholm. Los enanos lo llaman desde hace siglos khôlen-bakkar, que viene a significar «sobre-tierra», muy de su estilo, porque para ellos el mundo es sencillamente lo que queda encima de su casa. En las inscripciones más recientes escriben Berranonn. Los antiguos elfos llamaban a todo lo que alcanzaban a ver Shalath'enir, «entre los mares».
Sin embargo, el nombre que ha sobrevivido es uno cuyo origen nadie conoce: Pannithor. Hoy lo usa todo el mundo, sea cual sea su lengua o su raza.
Aclaremos una cosa desde ya, porque mucha gente la confunde. Pannithor es el mundo entero. Mantica es una parte de él: la tierra de la que proceden los elfos, los enanos y los humanos, y en la que transcurre la mayor parte de la historia de esta serie.
Segunda parte: los siete
Los Dioses Antiguos, también llamados Primogenitores, no eran dioses de algo. Eran ese algo. Cada uno de ellos había surgido de uno de los elementos de los que está hecha la existencia: la vida, la muerte, la luz, la oscuridad, la tierra, el agua o el aire. Y cada uno se comportaba exactamente como le dictaba su naturaleza. Rivalizaban entre sí, competían con obras cada vez más espléndidas y se peleaban, y aun así el mundo se mantuvo en equilibrio todo ese tiempo.
Donde mejor se ve es en cómo se emparejaron.
Bhanek y Shobik
Bhanek, dios de la vida, era uno de los más jóvenes de los siete y tenía un hermano gemelo, Shobik. Creaba sin freno: animales, aves, peces, criaturas de todas las formas y tamaños. Los soltaba por el mundo, a menudo sin tener ni idea de lo que eran capaces de hacer. Impetuoso, entusiasta y sin la menor mesura.
Shobik gobernaba la muerte, aunque esa palabra dice de él menos de lo que parece. Era más bien el señor del tiempo: de la fugacidad, de la descomposición y de la esperanza de renacer. A diferencia de su hermano, no hacía nada a la ligera. Cada uno de sus movimientos estaba fríamente calculado y terminaba exactamente como lo había planeado.
Cabría pensar que esos dos tenían que odiarse. Nada de eso. Bhanek creaba, Shobik con el tiempo se llevaba sus obras y hacía sitio para las siguientes, y los dos lo tenían asumido. Un poco como dos hermanos, uno de los cuales construye sin parar castillos de arena mientras el otro espera tranquilamente a que suba la marea. Se querían y se envidiaban con una intensidad que ningún mortal alcanzaría a abarcar, pero precisamente sobre su armonía descansaba el equilibrio de toda la creación.
Ohmpek y Lonok
Muy distinto era lo de Ohmpek, el dios de la luz que subió el Sol al cielo, y Lonok, la Reina de las Sombras. Esta pareja nunca firmó una tregua. Se persiguen alrededor del mundo sin fin y ninguno logra vencer al otro: por eso, cuando en un extremo del mundo es de día, en el otro es de noche. Ohmpek tiene su Sol, y Lonok, la Luna, con la que arrastra las sombras por todo el globo.
En los rincones más antiguos y olvidados de Pannithor, allí donde todavía se vive según las viejas creencias, un eclipse pasa por ser el momento en que su furia mutua llega al máximo. ¿Y esa penumbra extrañamente larga que deja tras de sí? No son más que dos dioses agotados que se separan, cada uno por su lado, para reponer fuerzas antes del siguiente asalto.
Korgaan y Threnekka
Korgaan, dios del viento, y Threnekka, señora de los océanos, eran en cambio una pareja de enamorados. Él levantaba vendavales para mecer sus mares, ella convertía esos vendavales en olas gigantescas, y vuelta a empezar. Las tormentas que salían de ahí eran tan terribles como hermosas. De paso, estos dos dieron forma a buena parte del mundo: muchos de los mayores lagos, montañas y ríos son, en el fondo, huellas de sus juegos.
A las criaturas que les había regalado Bhanek no les prestaban la menor atención. Ni a las aves, ni a las bestias de las profundidades, ni siquiera a las antiguas sierpes, madres de todos los dragones. Les parecían torpes y no merecían la pena. Estaban demasiado ocupados el uno con el otro.
La solitaria Dianek
Y, por último, Dianek, diosa de la tierra y de todo lo que hay bajo ella. La única de los siete que vivía sola. Los demás se divertían bajo el cielo y presumían unos ante otros, y su reino no le importaba a nadie.
Bhanek no le veía sentido a crear algo que nadie iba a ver y de lo que no se podía presumir. Shobik se asomaba bajo tierra tan pocas veces que allí el tiempo sigue pasando hoy con una lentitud insoportable. Ohmpek no tenía nada que buscar donde no llega la luz, y Lonok, nada donde la oscuridad es más profunda que todas sus sombras juntas. Threnekka, sencillamente, no soportaba la tierra y la iba socavando con paciencia, y Korgaan pasaba volando por encima sin rozarla siquiera.
Dianek intentó crear por su cuenta, pero con barro y arcilla no conseguía modelar a nadie capaz de pensar. Solo le salían muñecos de piedra sin seso que cumplían órdenes sin rechistar. Bajo tierra yacían tesoros como el mundo no había visto jamás, y ella no tenía a quién enseñárselos.
Nadie sabe cuánto duró el reinado de los Dioses Antiguos. Lo que sí se sabe es cómo empezó su final. Con los elfos.
Tercera parte: elfos, humanos y enanos
Una obra que debía sorprender a un dios
Bhanek acabó aburriéndose de criaturas que nacen, viven lo suyo y mueren sin dejar nada tras de sí. Empezó a soñar con algo más: una obra capaz de sorprenderle. Que dejara en el mundo su propia huella. Con la que quizá hasta se pudiera conversar.
Le costó muchísimo tiempo, pero lo consiguió. Los primeros elfos salieron de sus manos tal y como los había soñado: hermosos, perspicaces, fieros y con talento para todo. Bhanek estaba tan encantado con ellos que… le daba miedo enseñárselos a su hermano. No soportaba la idea de que el tiempo de Shobik les arrebatara algún día la belleza. Así que los escondió, y durante largos años, bajo el Árbol del Mundo, su obra más hermosa hasta entonces, en el lugar que hoy se llama Ileuthar. Allí los elfos crecieron y florecieron sin sospechar siquiera que fueran el secreto de nadie.
Un secreto así, claro está, no se puede guardar para siempre. Cuando el resto de los dioses descubrió a los elfos, se armó una buena. Shobik montó en cólera y quiso destruirlos, a todos y cada uno. Ohmpek estaba entusiasmado y admiraba cada detalle de aquellos seres pequeños y tan capaces. Lonok los observaba con recelo. Discutieron largo y tendido.
Los humanos, o la raza de compromiso
Bhanek crearía una raza más y se la entregaría a Shobik desde el primer momento, sin trampas. Una raza mortal. Shobik aceptó, y así nacieron los humanos.
No hay por qué andarse con rodeos: a los humanos los hicieron deprisa y corriendo. Bhanek los montó a toda prisa, solo para aplacar a su hermano, y se notaba. Al lado de los esbeltos y refinados elfos, salieron poco agraciados y emocionalmente a medio hacer.
Pero a la historia le gusta gastar bromas. Esa raza hecha como premio de consolación, entregada a la muerte de buenas a primeras, algún día dominará el mundo. Y precisamente porque los humanos saben desde el principio que van a morir. Esa certeza no les deja en paz: les empuja a comprobar dónde están los límites, a buscar una forma de escapar de la muerte y, a ser posible, a convertirse ellos mismos en dioses.
Cuando Bhanek y Shobik comprendieron lo que habían provocado, ya era tarde. Habían puesto en marcha algo que acabaría volviéndose contra ellos.
Las lágrimas de Dianek
¿Y Dianek? Todo ese tiempo guardó silencio. Veía cómo todos se desvivían por los elfos de Bhanek y sentía, con más dolor que nunca, lo vacío que estaba su propio reino. Al final se echó a llorar.
Los enanos dicen que de esas lágrimas nació su antepasado. Las lágrimas goteaban en la oscuridad hasta formar una estalagmita con forma de enano. Los demás dioses oyeron su llanto y, sencillamente, les dio vergüenza. Para reparar el daño, insuflaron vida a la figura de piedra y la marcaron con el tiempo con toda la delicadeza de la que fueron capaces. De ahí la reciedumbre de los enanos y lo mucho que viven.
Cuesta no reconocer que la historia les va a los enanos como anillo al dedo. Son duros e inflexibles como la roca de la que surgieron y, al mismo tiempo, llevan dentro algo de la tristeza honda y grave de la diosa que los creó. Dianek, por cierto, es la única de los antiguos dioses que de verdad les importa: todavía hoy la veneran en silencio.
Fijaos en lo bien que se cierra el círculo. Los elfos nacieron de la alegría y el orgullo de un dios. Los enanos, de la desesperación de una diosa, y esa desesperación la causaron precisamente los elfos. Eso dice mucho de cómo se miran estos dos pueblos.
Los más antiguos y los que mejor recuerdan
Junto a este trío vivían en el mundo otras razas menores, pero fueron los elfos, los enanos y los humanos quienes marcaron la pauta desde el principio. Los elfos pasan por ser el pueblo más antiguo. Pero quienes mejor recuerdan sus orígenes son los enanos, y se los toman mortalmente en serio. Para un enano, olvidar de dónde viene es seguramente el pecado más grave que se puede cometer. No es de extrañar que todavía hoy se burlen sin piedad de los elfos, que en siglos posteriores se quedaron embobados con unos dioses completamente nuevos.
Cuarta parte: la chispa que nadie debía encontrar
La magia
Volvamos a los elfos, porque son ellos los que empujan esta historia hacia delante. Vivían muchísimo más de lo que nadie puede imaginar, eran hermosos y endiabladamente inteligentes, así que todo les parecía posible. El arte, la filosofía, la ciencia: todo les salía rodado. Y cuando empezaron a indagar en los misterios de la creación misma, dieron, por pura casualidad, con la fuerza que usaban los dioses.
Con la magia.
¿Qué es exactamente? Dicho de la forma más sencilla: la chispa gracias a la cual un montón de carne y huesos respira y piensa. Unos la llaman alma; otros, esencia o energía vital. Es lo que mantiene unido todo lo que vive, y solo con ella se puede crear vida de la nada.
Los dioses entretejían la magia en todo lo que creaban. Pero nunca se les pasó por la cabeza que sus obras aprenderían algún día a echar mano de ella por sí solas. Los elfos aprendieron, y eso los elevó todavía más por encima de los humanos y los enanos con los que compartían el mundo.
El maestro, el aprendiz y el primer romance
A los primeros magos humanos los instruyeron los elfos. Los humanos lo tenían cuesta arriba: vivían poco y les faltaba la voluntad de hierro de los elfos. Lo compensaban con disciplina y concentración, porque los empujaba el miedo: saber que el cuerpo envejecería pronto y que había tan poco tiempo. Los elfos empezaron a admirar esa tenacidad.
Los dos pueblos se fueron acercando cada vez más hasta que, según cuenta la historia, surgió el primer romance entre un elfo y un humano. Entre un mago elfo y el humano al que instruía nació el amor.
Una historia preciosa, solo que tiene su lado oscuro. Precisamente de esa cercanía nació la más tenebrosa y peligrosa de todas las artes arcanas: la nigromancia.
De dónde salió la nigromancia
Los elfos sabían de sobra que la magia podía detener, e incluso invertir, el efecto del tiempo. Pero ¿para qué iban a hacerlo? Vivían tanto que podían llevar a la perfección cualquier habilidad que eligieran. La sensación de que la vida se les había escurrido entre los dedos les era completamente ajena.
A los humanos, no. Imaginad a un aprendiz que durante años observa de cerca a su maestro: su belleza, su saber, todo lo que ha logrado. Y que sabe que todo eso es fruto de una vida muchas veces más larga que la suya. No cuesta adivinar qué le rondará por la cabeza.
Nadie sabe a ciencia cierta si fue el amor entre un elfo y un humano lo que encendió esa obsesión, pero todo apunta a que sí. Los humanos empezaron a buscar formas de resucitar a los muertos y de recuperar la juventud, y de esas búsquedas acabó brotando la nigromancia en todas sus variantes inmundas.
Recordadlo bien. Los nigromantes todavía la van a liar más de una vez en la historia de Pannithor.
Una mirada más allá de las estrellas
A los elfos todavía les parecía poco. Su sed de conocimiento no tenía fondo. Empezaron a asomarse a los límites mismos del tiempo y a echar un vistazo a los espacios entre los mundos, más allá de donde alcanzan las estrellas del cielo nocturno.
En una de esas expediciones, algo les devolvió la mirada desde el otro lado.
Los seres a los que más tarde se llamaría Celestiales se fijaron en los elfos. Y decidieron venir.
De lo que salió de aquello – el Tiempo de la Luz, la época más gloriosa de la historia de Pannithor – hablaremos en la próxima parte de las Crónicas.
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